Flamenco, Sin categoría

LAS RAÍCES DEL DESTINO

Me costó trabajo descubrir cuál era el sentido de mi existencia cuando solo sentía zapatazos y lamentos.

En mi infancia, ¡fui tan feliz! Guardo grandes recuerdos de ella: olor a verde, a amarillo, a violeta; tintes ámbares de resina. Me encantaba sentir a Eolo despeinando mi cabello, sujetado por un tronco cada vez más robusto. También custodio en mi memoria aquellas óperas majestuosas de los ruiseñores. Era hermoso contemplar el viaje de Helios a través del cielo y cómo Selene le seguía para cubrir la Tierra con su manto azulado. Cuenta la leyenda que el pastor Endimión estaba tan enamorado de ella que imploró al dios Hipnos la gracia de dormir con los ojos abiertos para admirarla sobre su firmamento; y así se lo otorgó. No me extraña que tantos enamorados caigan bajo sus hechizos noche tras noche.

Respetar, escuchar los susurros del viento, dejar a otras ramas apoyarse en ti, ofrecer la tuya para levantar a la caída, oler, seguir tu instinto, anclar tus raíces, no tener miedo, ser paciente, bailar: son los principios que me inculcaron y con los que crecí.

Mis recuerdos son tan hermosos que muchos no encuentran palabras equivalentes en este lenguaje tan limitado fuera de mi arboleda.

Y sin previo aviso, aquel día llegó; y llegó tan del todo que no entendía tanta maldad. Ni siquiera la conocía. Sentí dolor, impotencia, vulnerabilidad, pena, mucha pena. Mi trabajo, para el que había sido encomendado, no era reconocido y me había esforzado enormemente; incluso el petirrojo, ¡tan atrevido y curioso!, retornaba a mí primavera tras primavera.

Mis padres, mis abuelos, grandes y macizos, los veía menguar a medida que me alejaban. Ahora, dividido en láminas de igual tamaño, era un extraño al pasar por el camino de los cantarines.

A partir de aquí no recuerdo cómo llegué a ser lo que ahora soy.

Me costó trabajo descubrir cuál era el sentido de mi existencia cuando solo sentía zapatazos y lamentos. Muy a menudo caían sobre mí gotas de algo salado y caliente, no era el agua de lluvia que conocía. Quejidos. Lamentos. Yo, simplemente, seguía con mis principios: respetar, escuchar, ofrecer tu mano cuando alguien se cayera, ya que muchas veces se tropezaban y se apoyaban en mí para levantarse. Me empezaba a sentir bien, volvía a ser yo.

Escuchaba: «Ole», «Qué arte, compare», «Buen trabajo», «Taca-tá», «Déjate llevá», «Vas por buen camino», «Pisa fuerte, no tengas miedo», «Taca-tá, taca-tá», «Oye tu corazón», «Huele el polvo y el sudor», «Taca-tá», «Vámono, ¡qué grande ere!», «Sigue tu instinto, estas son tus raíces», «Baila, nunca dejes de bailar». Y palmas. Muchas palmas.

Por fin comprendí para qué había nacido.

2 comentarios en “LAS RAÍCES DEL DESTINO”

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