HOY ES SIEMPRE TODAVÍA

CARAVANA

 

Es una ventana pequeña, con cortinas antiguas y descoloridas, irregulares. Algún que otro roto. El marco sostiene un cristal que hace tiempo dejó de ser transparente; ahora es de un translúcido sucio apático, integrado en uno de los laterales de una caravana con ruedas tan pequeñas que parece del todo inverosímil que puedan rodar. En la parte trasera se lee un nombre al que parece faltarle una letra: Circus Magnific s.

En el interior de la roulotte, una vieja televisión retransmite incansables secuencias del Payaso Tontipeloni mientras un señor de edad avanzada las contempla apacible desde su sillón de escay negro. Las paredes que lo rodean se hayan abarrotadas de recortes de periódicos con noticias del payaso, fotografías de este junto a personajes de renombre y galardones en varios formatos.

En la pantalla se aprecia el escenario de un circo envuelto por un público completamente entregado: gradas y gradas a rebosar, pequeños y mayores ríen a carcajadas las ocurrencias del payaso que no para de gesticular, cantar, tropezar, bailar, narrar y callar. Todo cuenta, hasta el silencio. Cualquier movimiento está perfectamente calculado para provocar la risotada más fresca de todos, incluso  una señora es enfocada sujetándose los mofletes ante tal jolgorio. Entre aplausos y aplausos, las voces unánimes demandan «¡Otra, otra!». Tontipeloni  se despide caminando hacia atrás mientras pisa uno de los cordones de cerca de medio metro que lleva suelto y le hace caer  dando volteretas que lo llevan hasta las cortinas del escenario. Al intentar reincorporarse entra en un bucle del absurdo girando sobre la tela, dejando al descubierto únicamente su largo zapato de punta redonda y levantada. El público ríe y ríe y ha sido transportado durante tres horas a un lugar donde solo existe la felicidad. El payaso consigue salir a duras penas de las ataduras, se inclina con una reverencia mostrando su gratitud y desaparece tras el telón que se cierra.

Los espectadores comienzan a salir comentado entre ellos el ingenio del gran Tontipeloni Magnificus, no pueden dejar de sonreír.

Llaman a la puerta de la caravana, la hora exacta, las seis y cuarto de la tarde, no falla nunca a su cita.

—Abuelo, ¿estás ya listo?

El gran Tontipeloni se incrusta su redonda nariz roja y sale.

—¿Te he contado alguna vez cuando me enredé en la cortina del escenario y no podía salir?

Abuelo y nieta comienzan su paseo vespertino agarrados de sus manos. Se oye una carcajada detrás de otra mientras se alejan de la caravana.

 

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