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ACADEMIA DE PINTURA

Academia

He leído un artículo que me ha parecido muy interesante.

Se van a inaugurar diversas academias de pintura a lo largo y ancho de todo el planeta. En estos momentos, se hallan justo en el proceso de localizar ubicación. Desean explorar lugares amplios para poder admitir a un gran número de alumnos, con espaciosas salas donde los recibimientos y las despedidas, de obligado cumplimiento, se renueven diariamente en forma de abrazos. Esta última palabra se resaltaba en negrita: «abrazos».

Los valles, prados y montañas parecen ser excelentes candidatos: el aire eterno y el amor puro columpiarán a los glóbulos rojos de un extremo a otro sin mayor problema.

Estas Academias dispondrán de grandes ventanales, nada de muros, y habitáculos diáfanos para favorecer la libertad de movimientos. Los tropiezos estarán muy permitidos.

Cualquier lugar puede ser apto siempre y cuando los colores destaquen como tema principal de conversación. Los maestros nos explicarán  —doy por hecho que me inscribiré la primera— los matices, y cómo mezclarlos adecuadamente. Llegados a este punto, la curiosidad me hizo tomar buena nota de aquello que se exponía a continuación.

No existirán colores predeterminados, sin embargo, todos nacerán desde el blanco, que es el primer pensamiento de un niño, es algodón y es azúcar, y su temple, optimista. También da abrigo a la última reflexión. Se evitará el tinte oscuro, porque mancha en exceso si no se sabe utilizar convenientemente. Se buscarán amarillos campanillas y verdes revoltosos de tonalidades escondidas. Los rojos serán versiones renovadas de sí mismos, y los marrones, extensiones que desembocarán en el azul. Los morados se convertirán en formas conjugadas de romanticismo, y, los naranjas —tremendamente  pizpiretas— nos invitarán a crear. Los ámbares armonizarán la velada y los rosas se disfrazarán de falsos tentempiés para charlar.

El apartado de los pinceles era muy conciso: «No importa tener pocos pinceles, lo principal es que sean de verdad».

En estas singulares Academias descubriremos obras a medio terminar de alumnos que tuvieron que partir demasiado pronto. Nuestro cometido residirá en cuidar este valioso regalo y continuar adornándolo con todo tipo de colores y sabores.

Proseguí leyendo el artículo, y me topé con una muestra de imágenes:

La primera de ellas mostraba el dibujo de dos amigotes, ¡debían de ser como mínimo octogenarios! Jugaban una partida de dominó en lo que parecía un lugar muy amable. En un lateral, se apreciaba a una señora —muy bien peinada y maquillada— que era paseada en una silla de ruedas por una enfermera; las dos charlaban y reían amenamente. Podría casi afirmar que se escuchaba un hilo musical de fondo, porque en primera plana aparecía una pareja que, con sus mejillas muy pegadas, apuntaba al frente con los brazos estirados, mientras daban un paso sincronizado en la misma dirección. Ella calzaba unos zapatos rojos de charol que me llevaron de vuelta a un tiempo antiguo, cuando el charlestón invadía todas las salas de fiestas. Era una obra que brillaba por sí sola, no obstante, algunos huecos permanecían aún sin colorear. Creo que los tonos rosas sonrojos de juventud podrían ir bien.

El siguiente cuadro mostraba múltiples tonalidades superpuestas unas encima de otras con un estilismo que rozaba la perfección, a pesar de contemplarse casi la mitad de la superficie en blanco. En él, unos amigos compartían mesa y unos niños revoloteaban alrededor. Yo añadiría poco más a esta obra aparte de alargar los segundos hasta el infinito, con pinceladas doradas que hicieran sonar las campanadas de un Año Nuevo.

La tercera obra se convirtió en mi preferida nada más verla; ojalá me asignen este lienzo cuando me matricule. Su autor dibujó un coche abarrotado de maletas y almohadas, y una familia en su interior; no le falta ni pizca de detalle: mantas, libros, unos DVD y hasta un muñeco de peluche. Está bastante conseguido, tan solo retocaría la carretera y el paisaje exterior, que se intuye como incierto, y le aportaría matices que tuvieran que ver con los de Gaby, Fofó y Miliki en El auto de papá.

Ahí finalizaban las imágenes. Me imagino que habrá muchas más que completar porque parece ser que han sido numerosos los alumnos que han marchado demasiado pronto, dejándonos este gran legado.

A pie de página, se mostraba una casilla que invitaba a marcar:

                                                                                                🟨 Quiero participar.

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