CHISPAZOS

 

 

Breves, rápidos, así son mis chispazos

 

 

Por qué no

Los vientos decidieron que iban a ser favorables: debían darse prisa para llegar a todas las gentes del planeta. El tiempo olvidó al tiempo y le lanzó una ráfaga en su ayuda. El mar se oyó más allá de su fondo y no dejó que el sol se perdiera nunca más. El rumor comenzó a tener  fundamento y la paz llegó por fin a los lugares en son. El retorno dejó de ser eterno, ¡ya no más!, gritaron las tierras intentando ser cercanas de verdad. Los cabos se ataron y  las músicas hicieron de cada recreo un sitio en donde habitar.

 

Micronoticia

Cuando sucedió todo, había una señora paseando por el puente.

—Fue justo ahí enfrente —dijo al policía, señalando al otro lado del puente.

Pero, allí, lo único que había era un policía tomando nota a una señora que señalaba enfrente.

 

6:57h

6:57. Parece que algún atrevido está intentándolo.

Aún no hay claridad, pero se está corriendo la voz disimuladamente.

Voces grandes y pequeñas. Colores de sonidos variados que no terminan de arrancar.

El cielo cada vez se abre más, como el telón de un gran escenario.

Conversaciones entre ramas lejanas. ¿Se conocerán?

El gallo del vecino da el pistoletazo de salida.

Se abre el telón. ¿Tanto público esperaba? Todos charlan con todos, se responden los unos a los otros, a cada cual más original. Respeto de turnos.

Aleteos.

7:10. Comienza la función. Buenos días.

 

La metamorfosis del rebelde

Los hay tramposos. También sucios, enmendados, desparejados o, simplemente, que pasan desapercibidos. Los pillos son los que siempre pierden su pareja y luego intentan dar el cambiazo con otra, pero —tarde o temprano— todo se descubre. Dicen las malas lenguas que estas huyen y que todas están ji, ji, ja, ja en no sé dónde. ¡Qué divertido!

Yo era más bien de los que pasaban desapercibidos, incluso de los perfumados, ¡uf!, qué trabajo tan sacrificado en un sitio tan cerrado. Hasta que me harté, claro está. Fue difícil mi escapada en ese torbellino de todos girando y girando para el mismo sitio. Aproveché el momento de mayor velocidad y caos para salirme por la tangente, y aquí estoy, ji, ji, ja, ja (es cierto lo que cuentan), en un paraíso escondido, calle del Desagüe a la derecha, piso subterráneo bajo el tambor, junto a los rebeldes sin causa —como yo— que quisieron darle un giro a su vida.

 

Larga espera

Existe una noche al año en la que los protagonistas de los libros cobran vida. Aguardan, ¡todo un año!, para dar un beso —de los de verdad— a la persona a la que aman, para sentir cómo es el agua de mar fría en sus pies descalzos, para saborear el helado de más calorías y chocolate del planeta, para escuchar cómo es la voz de su mejor amigo o para saber a qué sabe esa caña que tan bien describen en sus páginas. Qué suerte, ¿no? ¡Una noche al año!

 

Un sueño en un zapato

Regalan zapatos en una zapatería, solo para gente gris. Te prueban y, si realmente eres de los que perdiste todos tus sueños —hay mucho flojo por ahí—,  encajan a la perfección.  Los que los han probado dicen que ya, en el primer paso, te sientes capaz de ir hasta la luna y volver. Tan solo tienes que firmar debajo de la siguiente cláusula: «Devolverlos antes de la media noche». La dependienta parece muy entendida, una tal «Cenicienta».

 

La rueda sin aro

Existe un país, no muy lejano, donde todos los objetos son redondos: ruedas, chupachús, pelotas, letras oes, bolas de helado. Todos vivían muy felices, excepto la rueda Filomena que no se veía del todo redonda y se negaba a pasar por el aro.

Existe un país, no muy lejano, donde todos los objetos son redondos: aros, chupachús, pelotas, letras oes, bolas de helado. Todos vivían muy felices, excepto el aro Federico que no se veía del todo redondo y se negaba a rodar.

Existe un país, no muy lejano.

 

Paciencia infinita

El espejo ya no sabía cómo convencerle de que él no era el más guapo del reino. Aguantó la respiración diez segundos más de su límite y se quebró. Aun así, Narciso siguió viendo pedacitos perfectos de miniyós.

 

Dos vidas tras el cristal

El muñeco de nieve quería saber qué era la Navidad tras el cristal. Había oído hablar del calor, de largas reuniones alrededor de una mesa, de regalos, de encuentros, incluso de un tal Santa. Un día le preguntó a la luna; la luna, a las nubes; las nubes, a las gotas de lluvia; las gotas de lluvia, al pez; el pez, al gato; el gato, al niño. El niño respondió: «Lo que más me gusta de la Navidad es jugar con mi muñeco de nieve».

 

El otro País de las Maravillas

Cuando Alicia, la del País de las Maravillas, despertó, vio que su hermana era una oruga azul de siete centímetros. Fue a contárselo a su madre y se encontró a esta jugando a los naipes con un conejo blanco y una liebre de marzo. Mientras, el gato de Cheshire reía por los rincones. Bajo sus pies, con polvo blanco derramado, un frasco: «Huéleme».

 

La muñeca vestida de azul

 Nadie me preguntó si quería vestirme de azul, así que un día decidí hacerlo de Rosa. Rosa tenía muy poca personalidad; muy guapa, eso sí, aunque un poco apocada y corta, lo que suelen llamar una «muñequita». Lo de sumar no se le daba del todo mal, pero solo sabía sumar hasta 32: coches, farolas, flores, perros marrones, perros negros, más perros, gatos, elfos y demás, y al llegar a 32 volvía a empezar con otra suma. Cada vez que salía de paseo se resfriaba y las pasaba canutas y, no entiendo por qué,  siempre era a mí a quien metía en la cama.

 

Colorín, Colorado, el cuento ha comenzado

—Mamá, ¿qué hay de cena?

—Hoy hay algo riquísimo, sopa de letras. Las estuve pescando anoche mientras dormíais.

—¿Y nos leerás un cuento cuando nos vayamos a descansar?

—Creo que no puedo, eché todas las letras en la sopa. ¿Me lo contaréis vosotros?

—¡Sí, genial!

Los dos hermanos, Colorín y Colorado, engulleron veloces las letras.