EL AFINADOR DE PIANOS

Afinador 3

 

 

Se convirtió en afinador de pianos cuando le sobrevino la necesidad de vender el de Roselind después de su muerte. No estaba preparado para alejarse de ella una segunda vez.

Allan era hijo del gran maestro afinador Erik Winwood, con el que se había empapado de sabiduría tanto tiempo como el destino le permitió. Gracias a ello, terminó sus estudios en The Birmingham School of Music antes de lo habitual.

Había llegado el momento de continuar con la tradición. «¿Has oído que el hijo del gran maestro Winwood ha tomado el relevo de su padre?», «Pues ya era hora de que alguien supiera afinar pianos de verdad, hay mucho afinador de pacotilla por ahí», se rumoreaba por la calle. La realidad era que no se trataba de un afinador cualquiera de pianos, sino del más prestigioso afinador de pianos Érard de toda Inglaterra.

Desconocía adónde había ido a parar el piano de su amada; fueron días grises en los que tuvo que desprenderse de prácticamente todo para poder subsistir, pero ahora sí estaba seguro: era cuestión de tiempo que necesitasen las manos del maestro afinador.

«Recuerdo la cara de Roselind cuando se lo regalé. Por aquel entonces la necesidad no apretaba y todos mis esfuerzos fueron encaminados a regalarle su sueño, un piano de cola Érard. El tempo se paraba escuchándola tocar Gymnopédie nº1, nadie como ella disfrutaba más. Al levantar la tapa que cubre las teclas se pueden palpar sutilmente nuestras iniciales, ella misma las grabó», le contaba una y una vez más, con la mirada siempre perdida, al camarero del café al que acudía con asiduidad.

Cada semana era requerido para entonar un piano diferente, pero ninguno era el que él anhelaba.

Cierto día, recibió un nuevo aviso, esta vez de un colegio, exactamente del internado de Shrewsbury, en el condado de Shropshire. Pensó que se trataba de una equivocación. «Señor, yo solo estoy especializado en pianos Érard, quizá no sea el profesional que busca», contestó Allan anticipándose a cualquier coincidencia real. «Lo sé, señor Winwood, me consta su reputación; es ese el motivo por el cual le busco expresamente a usted», fue la respuesta que recibió.

Extrañado porque un piano de las características de un Érard viviera entre las paredes de un colegio, asió el maletín de olor antiguo a sabiduría heredado del maestro afinador, con todas las herramientas más precisas, y se dirigió a la dirección solicitada.

A medida que avanzaba en el auto de principios de siglo, el perfume a bosque espeso le fue embriagando cada vez más. El camino marcado únicamente por insistentes ruedas de coches no era impedimento para que las liebres y ardillas cruzaran de un lado a otro con total tranquilidad. Bajó la ventanilla para disfrutar del aroma a tierra mojada cuando le distrajo el color armónico de decenas de especies de pájaros invisibles.

Una cancela de hierro pretérito lo invitaba a entrar a una antigua residencia del siglo pasado, ahora internado de Shrewsbury.

«Ding-dong».

Mr y Mrs Bright lo recibieron muy cortésmente, aunque nunca habrían imaginado que el tan solicitado afinador de pianos era un hombre cercano a los cien años y que, además, vendría acompañado. «Buenas tardes, soy Allan Winwood, el afinador de pianos. Permítanme la confianza de requerir la presencia de mi ayudante, soy ciego, y me resulta de vital importancia para trasladarme hasta aquí. Si son tan amables de indicarnos el camino, puedo comenzar cuanto antes con mi trabajo».

No comprendían cómo alguien que apenas se sostenía en pie y tenía una apariencia tan sumamente frágil era capaz de templar un piano de cola que rozaba las mil libras de peso.

Unos veintidós pasos y tres pasillos los condujeron a la habitación. Ahora estaba delante de él. «Déjenme a solas, muchas gracias».

Cuando escuchó la puerta cerrarse se acercó. Comenzó a pasear alrededor del Érard; su mano izquierda bordeaba la figura. Levantó lentamente la tapa dirigiéndose al sitio exacto, y allí estaban: «R.A.».

El tiempo se paró.

 

 

 

Oblique et coupant l’ombre un torrent éclatant
Ruisselait en flots d’or sur la dalle polie
Où les atomes d’ambre au feu se miroitant
Mêlaient leur sarabande à la gymnopédie
Patrice Contamine de Latour

 

 

2 comentarios en “EL AFINADOR DE PIANOS”

  1. No sé por qué no escribes más a menudo. Susa, Ana María, tienes un don para la escritura!!!

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    Almudena Rivero Ranero

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