
Foto: Jesús Machuca
Esta puede que sea mi propia ventana. O la de muchos.
Un cielo.
Un horizonte.
Un mar.
Un batiente.
Un libro.
Quizás mi mirada surja desde dentro hacia fuera:
Un recuerdo.
Un libro. Un reflejo.
Tiempo.
Olor a sal.
Los vaivenes de las olas que se formaban con el viento de levante y su obstinado soplo se llevaron la liviana pelota con la que jugaban en la orilla de la playa. Algunas veces les dio tiempo de zambullirse rápidamente en el mar y capturarla a la primera, pero esta vez había dado demasiados botes alejándose, y la dejaron partir.
El sentimiento de rabia de los hermanos ante el repentino despojo de su bien más preciado hizo que el mayor de ellos saliera corriendo, sorteando a saltos las primeras olas que rompían en sus piernas flacas para sumergirse de un gran salto y así poder avanzar el máximo de metros posibles por debajo del agua. Cuando su cabeza tuvo que salir para coger aire, se encontraba completamente desorientado. Era meritorio no solo que encontrara la pelota, sino que la alcanzara; pero cada vez que creía haberla cogido, esta salía disparada como si el mismísimo demonio estuviera jalando de ella a través de un hilo invisible.
Todo sucedió así:
—¡Pasa! ¡Me voy a poner más lejos, espera!
—¿A eso lo llamas lejos? Para eso no te paso.
—Que se nos va a ir para Rota, ¡como la de la semana pasada! No nos van a comprar más pelotas.
—¡Anda ya, qué gili eres, si esta es gratis, que venía con la crema de Nivea de mamá.
—Pues es chulísima, no me apetece quedarme sin pelota otra vez.
—¡Eres una cagá, te quiere ir más lejos!
—Vale, allá tú…
[…]
— ¡Te lo dije! ¡Ahora a ver qué hacemos!
—Vigílame.
—¡Quillo!, que está super lejos, ¡vuélvete, que ya no haces pie! No decimos nada.
[…]
—Paso de la pelota.
El vacío que deja el que te arranquen algo muy querido sin previo aviso es demoledor, pero un niño que es niño siempre sabe sacar herramientas para rescatar juegos nuevos.
A la Rayuela la llamaban los hermanos el Tocaté, y era un juego muy socorrido, ya que se podía jugar tanto en asfalto, —dibujándolo con un carbón o con cualquier piedra de polvo—, como en la playa —con el propio talón—. Se debe lanzar una piedra o concha acertando, de menor a mayor, en el interior de las ocho casillas dibujadas y numeradas previamente. Las piedras planas solían ser la mejor opción. Requiere de un equilibrio perfecto entre fuerza y puntería ya que no está permitido que caiga tocando ninguna raya por muy pocos milímetros con los que esté rozando.
Sería algo así:
«Ta,
Ta,
Ta,
Ta-Ta,
Ta,
Ta-Ta»
A veces, si sobraba tiempo, se podía hacer el recorrido a la inversa, lanzando la piedra en los mismos números pero, esta vez, de mayor a menor. Al final, se tiraba de espaldas, y si se conseguía sobrevolar el Tocaté y aterrizarla fuera de la zona de juego, se convertía el jugador en ganador. El truco consistía en dejarla lo más cerca posible de la última raya del número uno; si se dejaba demasiado lejos, era mala. El umbral entre buena y mala lo decidía el que tuviera el argumento más contundente, es decir, el hermano mayor. Entonces, si el hermano pequeño no estaba de acuerdo, se iba sin más, haciendo creer que no le importara lo más mínimo todo el esfuerzo acumulado.
Todo ocurría de una forma similar a esta:
—Lo siento, pero gané. Ajo y agua. Ah, y resina.
—De eso, nada. Todavía queda hacerlo al revés. Te vas a enterar.
—Vale, como quieras, me da igual. Me toca a mí, que no he hecho mala, ¿no?
—Qué dice, me toca a mí, que, como tú acabas de terminar una partida entera, se vuelve a empezar, y lo hace el otro.
—Te lo acabas de inventar.
—Si quieres, no gana nadie.
—Venga, vale, que te toca a ti.
[…]
—He vuelto a ganar. Para que aprendas.
—Tururú. Hasta que no lances la piedra de espaldas y no toque ninguna casilla, no me has ganado.
—Chupado. Va.
—Ah, se siente, se sale demasiado.
—¡¿Cómo que demasiado?!
—Pues, claro, mira: una, dos palmas. Lejísimo. Tienes que tirar otra vez. Pero me toca a mí primero, has perdido ya tu turno.
[…]
—…Una palma. Te lo avisé.
—No vale, te he ganado en verdad dos veces ya.
—Nanai. Mira: mi piedra se ha quedado más cerca.
—Paso de ti, me voy.
—Vale, pero he ganado yo.
Pocos minutos después, el hermano pequeño ya tenía recolectado diez piedrecitas (o conchitas) para jugar a las chinas; pero lo más importante no es jugar, sino colocarse estratégicamente en un lugar captado en el campo de visión del hermano mayor. Y aguantar.
Las chinas es un juego muy divertido aunque se juegue en solitario. Se ha de reunir diez piedrecitas para un nivel no tedioso. Hay gente que lo hace con cinco, pero esa categoría es poco competitiva cuando hay que dejarse la piel entre hermanos. Se esparcen diez piedrecitas en el suelo y se van recogiendo con una sola mano, tras lanzar una al aire. Primero una. Dos. Tres. Cuatro. Así hasta diez. Este juego es muy antiguo, seguramente lo inventó el primer hijo único.
Si el aburrimiento se convertía en un inconveniente en las largas horas de una tarde, estaba permitido obviar el enfado para retomar la relación de hermanos y jugar al Pollito inglés. Es el mejor juego que se ha podido inventar que mezcla dinamismo, rapidez, competitividad y cosquillas en el estómago, y lo conocen probablemente todos los niños incluso antes de nacer. De hecho, es absolutamente necesario para madurar correctamente. Se jugaba en un patio, en una plazoleta, una vez que llegabas de la playa, o en cualquier otro lugar o en cualquier otro momento. O todos los días a cualquier hora.
Un jugador debía situarse de espaldas a los demás —desde dos hasta todos los que se quisiera—, y hacer como el que estaba apoyado en la pared, árbol, columna, portería, coche, escalera o minotauro que eligiera. No sirve de nada si no haces como el que estás dejado caer en ese algo apoyando tu frente y tapándote los laterales con ambas manos. Y contar hasta tres así: Un, dos, tres, pollito inglés. Los jugadores se van aproximando, pero a la voz de «tres» el jugador que cuenta se da la vuelta y los demás deben de parar en seco y quedarse como estatuas. Al más mínimo movimiento percibido (o no) por el que cuenta, el jugador nombrado tenía la obligación de retroceder hasta la línea de partida.
Aunque la realidad más bien se desarrollaba de esta forma:
—¿Ya?
—Sííí, pesado.
—Va: ¡Un, dos, tres, pollito inglés!
[…]
—Tú, para atrás.
—Qué dice, no he movido nada.
—No, qué va, estabas terminando de poner el pie de atrás cuando he dicho tres.
—Qué mentiroso ere. Me iré para atrás.
—Un, dos, tres, pollito ingles.
[…]
—¡Jo!, no vale tan rápido.
—Tú, tú, y, tú. Para atrás.
—¡Quéé!
—Las reglas son las reglas.
—Uuu…..n, dooo…….s, treeee…….s, pooo………...¡¡llitoinglés!!
—Todos para atrás.
—¡Tramposo eres, quillo!
A partir de aquí, todo dependía de la astucia del jugador que contaba para hacer autoritaria su decisión y mantener al resto de los jugadores a raya.
Las tardes daban para mucho cuando la herramienta básica de la que tiraba un niño para entretenerse era su propia imaginación. Al elástico se ha jugado en todos los patios de colegios y calles del mundo, y ha pasado de generación en generación. Se requería de dos jugadores que aguantaran con sus piernas una banda elástica estirada a la que se le hacía un nudo lo más resistente posible. Esta cinta elástica se situaba a nivel de los tobillos o de las rodillas, dependiendo de la dificultad, y, un tercer jugador se la iba enrollando en una o en dos piernas dando vueltas y saltos sobre el mismo elástico, para finalmente devolverlo a su estado original. Este juego es imprescindible en todas las infancias para desarrollar en la edad adulta la capacidad de encontrar el coche en cualquier aparcamiento.
Las primas de la Hijuela solían jugar juntas. Se las agenciaban para atar el elástico a lugares anclados en el suelo, en unos postes de aluminio. Les encantaba divertirse compitiendo, pero cometían la torpeza de pedirse el primer turno. Y, bien sabido es, que las torpezas no son buenas invitadas:
—¿Jugamos a elástico?
—Venga. ¿Dónde hay uno?
—Voy a buscar en el costurero de mi madre.
—Yo creo que ese da de sobra, vamos fuera.
—Me pido primin.
—No, me lo pido yo.
—No, porque yo lo he dicho primera.
—Pues no juego.
—Pues yo tampoco.
Entonces, tocaba recolectar chinas. Y aguantar.
Una ventana abierta da para mucho: para imaginar, para ser libres, para soñar. Para recordar a los hermanos. Para sonreír.